EL “SANTO” APERITIVO

Resulta curioso comprobar como un ritual tan profano como es el aperitivo, revela una seña identitaria tan sagrada en nuestra cultura autóctona. Hacemos patria sin proponérnoslo, reivindicando esta forma de empatizar nuestros afectos y compartir nuestras querencias en todos y cada uno de los diversos terruños de nuestra geografía con idéntica pasión. La esencia de esta liturgia social imprime carácter y nos distingue de cualquier otro lugar allende nuestras fronteras. Cierto es, que en todos los rincones del orbe existen establecimientos donde se alternan ocio y bebida, a menudo por simple recreo, en ocasiones por mero compromiso y a veces en refugio de soledades compartidas. Pero en España esa plaza pública donde convergen camaradería y diversión es mucho más. No es un lugar de ocasión. Es el bar. Ese reducto mundano que, en función de su atrezzo, derivará en antro, garito, tasca, taberna o figón. Algo insólito para otras culturas o civilizaciones cuyo fragor les cautiva y su alboroto les aturde. Son esos santuarios laicos donde se come sin tiento, se bebe con fervor y se grita sin pudor. Vino, vermú, refrescos, cafés, combinados, licores… Pero entre ese amplio espectro de néctares y brebajes, la cerveza reina sin oposición. Barras alfombradas de viandas que recuerdan altares culinarios o tabernáculos gastronómicos, donde camareros curtidos ofician su ministerio con maestría torera. Y ahí la cerveza se consume y se consuma como el sacro elixir que expía nuestra devoción. Continuar leyendo “EL “SANTO” APERITIVO”

DIVINIUM

 

DÍAS DE VINO Y TOROS

 

El saber sí ocupa lugar, por mucho que el dicho popular reniegue de esta sentencia. Y aunque no sea patrimonio exclusivo de los adultos, salvo flagrantes excepciones, la cultura y el conocimiento, o al menos ese sedimento erudito que nos otorga la experiencia, nos permite convertirnos en doctos ciudadanos una vez que iniciamos la segunda parte de nuestro partido vital. Ello conduce a una oportuna reflexión en este tránsito existencial en el que los años actúan como bruñidores de nuestra personalidad. De los veinte a los treinta, uno no sabe ni lo que quiere ni lo que no quiere. De los treinta a los cuarenta, se va tomando conciencia de lo que no se desea. Y es a partir de los cincuenta, cuando se llega a la convicción de lo que realmente se espera. Es obvio que es ésta una generalización accidental, aunque todos necesitamos un periodo de aprendizaje para forjar y fraguar nuestra identidad hasta llegar a ese punto de excelencia vital. El vino y la tauromaquia guardan una interesante analogía. Continuar leyendo “DÍAS DE VINO Y TOROS”