¡UNOS GÜISCATAS, JEFE!

No claro. No todos los güisquis son iguales. Pero yo vengo a hablar del nuestro. Del DYC, ese segoviano universal. Uno recuerda con nostalgia aquellas calurosas noches serranas de nuestra primera juventud en las que soñábamos despiertos junto a aquellos amigos del verano departiendo cubatas en cuadrilla, compartiendo risas con las conocidas y repartiendo sonrisas a las desconocidas. Aquellas tardes de bochorno que se resistían a desaparecer del horizonte hasta que las primeras luces de neón alumbraban un nuevo escenario en nuestro despertar a la vida adulta. Era entonces cuando nos apandillábamos en torno a aquellos bares… qué lugares, recordando nuestras gestas de lampiños guerreros… del día anterior. Cuando prendíamos aquellos primeros cigarrillos emulando a nuestros héroes cinematográficos con aroma clandestino y sabor a nicotina. Bar, visita nuestro bar… ese otro hogar patrio que nos define, nos distingue y a veces nos confunde. Surgía entonces el hechizo de la noche. Nos adentrábamos en aquellos santuarios de evasión y nos mimetizábamos con una vorágine de gentes risueñas mientras sorteábamos copas y cervezas al son de músicas armónicas para llegar a la barra del bar. Melodías bailables que no precisaban de contorsionismos sobrehumanos ni aspavientos robóticos y que un simple vaivén de pie o cadera se asumían como rítmicos. Se cantaban sin pudor las canciones españolas a la vez que se perpetraban las inglesas con verdadero desahogo. Se improvisaban danzas tribales o bailes rumbosos con la copa adherida a la mano sin derramar una sola gota. Unos brincaban sin medida mientras otros se apostaban toreros en la barra dando el medio pecho al respetable girando el tobillo al compás. Bailar era eso. Una mera excusa para relacionarnos sin necesidad de tener doctorados en coreografías musicales o masters en interpretaciones líricas. Y con aquellos arrestos, con bravura y decisión, escoltados siempre por algún colega del alma, al más puro estilo cowboy queriendo parecer lo que no éramos, pedíamos al camarero con voz firme…

  • ¡Unos güiscatas, jefe!

O dicho en román paladino, unos DYC-cola. Así, con ese acento castizo que provoca, pero no ofende. Con el respeto debido, porque el ministerio de la hostelería exige honores obligados, y más aún cuando ostentan los galones de la noche. Una autoridad a la que tratábamos con obediencia ciega, pues su mando lo ejercían con tacto y firmeza al mismo tiempo. Y es que cuando los “madrileños” de la capital subíamos a los pueblos de la serranía, nos despojábamos de etiquetas y protocolos ejerciendo nuestro sagrado derecho de admisión. Y pedíamos güisqui, con “g” de gato, diéresis y “q” de querencia porque nos gustaba ese sabor de frontera sin adulterar. Un güisqui, lo que equivalía a pedir un DYC, con mayúsculas. Un güisqui que no admitía más compañía que la coca-cola. El matrimonio perfecto. Y el refresco, en botella de cristal, desde luego. Puristas, dirían algunos. Pero es que en el combinado de marras confluían el recreo y el refresco. Genuino, auténtico y como perfectamente supieron condensar en un eslogan magistral, para gente sin complejos. El camarero, al más puro estilo del oeste… del Guadarrama, amartillaba la barra con dos vasos de tubo, incrustando el hielo con un golpe de muñeca -cuatro bloques, cuatro-, y regaba con donaire y sin medida aquellas copas constreñidas por los gélidos témpanos que parecían extraídos de la misma cumbre de Navacerrada. Se podían escuchar entonces los mágicos sonidos producidos al fusionarse ambos elementos. El crujir palpitante del congelado elemento en su contacto con el sagrado licor, el chispazo seco del hielo resquebrajándose, el vapor humeante fruto de la alquimia profana… ¡Qué momentos! Una vez asentado el DYC, se incorporaba sin contemplaciones la cocacola surgiendo una combustión brutal, fascinante. Y siempre… siempre, sobraba medio refresco que algunos osados bebían de pajuelazo. No más… de puritito macho. Pero lo habitual era rellenarlo sorbo a sorbo para mitigar la intensidad. Y una precisión que estimo conveniente. Hay quienes sustituían la cocacola por otros brebajes o refrescos alternativos. Delito de alta traición. Con coca cola, o siendo magnánimos, sólo con hielo, tal como lo supieron plasmar de manera genial los publicitarios de DYC: “Algunos whiskys se ahogan en un vaso de agua. DYC resiste. La fuerza de lo auténtico”. Hay quienes de forma clandestina se arrimaban un DYC con naranja o con limón escondiéndose de la mirada de reprobación del camarero que consideraba una felonía inaceptable semejante transgresión. Algunos otros incluso llegaron a combinarlo con Sprite o Seven Up, agravando el delito con premeditación, nocturnidad y alevosía. Había otros whiskies, claro está. Escoceses de relumbrón, irlandeses de ocasión y algunos otros de dudosa reputación. Casi todos a precios razonables que sin embargo no concedían ni más prestigio ni más autoridad. Porque había una máxima que siempre se respetaba. Con DYC, no había garrafón. Porque si algún mercachifle de la noche consumaba semejante fechoría, inmediatamente quedaba señalado y condenado por un jurado popular implacable.

Han pasado los años, y uno ha probado y conocido muchos otros whiskys que han atemperado el gusto y el placer deleitándose con otros aromas, otros destellos y otras sensaciones. Pero quienes recrearon y refrescaron sus primeras evocaciones de juventud en compañía de DYC, tarde o temprano regresan a sus raíces. DYC siempre será nuestro güisqui. No sólo por sentimentalismo, que también, sino por esa esencia artesana que lo hace auténtico y genuino. Y entonces descubrí el DYC12 años, potente, cálido, con cuerpo… espectacular. Que me devolvió a aquellos tiempos. Ya lo decía aquel tango… siempre se vuelve al primer amor. Porque seguimos siendo gente sin complejos que no nos ahogamos en un vaso de agua.

José María González de Diego