BARES, QUÉ LUGARES…

Bares hay muchos. Pero no me refiero a un bar cualquiera. Hablo de nuestros bares. Esos terruños que sentimos como nuestra patria chica. Donde conversamos y escuchamos salpicando nuestra alegría con pociones y raciones, que a veces son también nuestras razones. No hablo de esos bares de compromiso al que dispensamos nuestra indulgencia por sus sublimes pinchos. Tampoco de esos bares de paso que frecuen­tamos por rutina o cercanía. Ni siquiera de esos bares de confianza al que conferimos nuestra bendi­ción, pero no siempre nuestra devoción. Me refiero a esos orfeones profanos donde la música acompa­ña, pero no incomoda. Donde se escuchan esos himnos venerados de nuestro acervo popular: “oído cocina, marchando una de bravas, al fondo hay si­tio” y demás hits que forman parte de nuestra cultura popular. Esos lares gastronómicos que cincelan identidades y fraguan amistades. Esos santuarios de tertulias y fran­cachelas, de risas y desconsuelos, de andanzas y des­venturas, de confidencias y complicidades. Nuestros bares. Esos en los que el camarero ejerce su sacerdocio con oficio, ministerio y rigor cartujano. Esos diáconos laicos obligados por secreto de confesión que pudiera parecer que ni oyen ni ven, pero vigilantes y comprensi­vos todo lo escuchan y observan, mas cuando se les pide consejo, sentencian sin pontificar. Esos camareros a los que les reconocemos una autoridad regia para ejercer su mando en plaza. Cuántas veces han prolongado su in­terminable horario de trabajo para que disfrutáramos de otra ronda clandestina. Y cuántas veces han sucumbido a nuestros ruegos sin una mala palabra. Esos camareros a los que hacemos partícipes de mu­chos retazos de nuestra vida. Los que han conocido a novios y novias de ocasión, que luego nunca volvieron. Los que distinguen entre amigos y conocidos, los que sufren en silencio nuestros  interminables monólogos de fútbol o política… Esos bares, donde se riegan sueños de adoles­cencia, proyectos de juventud, rutinas del presente e ilusiones de futuro. Donde se alumbran amistades indestructi­bles y amoríos pasajeros. Lugares donde las muje­res escuchan y conversan sobre los hombres, sobre la vida, sobre el amor… queriendo entender el mundo… Lugares donde los hombres discuten y debaten sobre las mujeres, sobre política, sobre el fútbol… intentando arreglar el mundo.

Esos bares que apadrinamos para siempre y que nos bendicen con sus vinos y sus caldos. Donde las penas del alma se curan con hombros fraternales y monólogos reparadores, sí. Pero también con el venerado elixir de unas copas amigas. Donde se destierra la tristeza, pero no siempre la melan­colía. Donde embriagamos nuestras derrotas y ce­lebramos nuestras victorias junto a los nuestros con el sagrado néctar. “Bares, que lugares tan gratos para conversar… no hay como el calor del amor en un bar”. Esos bares a los que convertimos en nuestra fortaleza inex­pugnable, testigo de amistades inciertas, escar­ceos prometedores o amoríos ilusorios. Esos bares donde aprendimos aquellas ignotas artes de la seducción furtiva y los sinsabores de aquellos amores no correspon­didos. Quién no ha consolado alguna vez a curti­dos compañeros de batalla derrotados cruelmente en la fragua de nuestra personalidad. Y quién no ha brindado, suspirado o llorado en nuestra fla­grante ingenuidad, al calor de aquellos templos de la camaradería. Aquellos lugares que siempre han sido nuestros cuarteles de invierno. Quién no ha contemplado desde la barrera o desde el mismo ruedo del bar, esa farándula de extraños personajes que forman parte de nuestro cuadro costumbrista. Individuos que desplegaban sus encantos con la maestría de los buenos toreros. Quién no ha confirmado alternativa alguna vez en compañía de testigos de cargo. Cuántas veces hemos sido testigos de los triunfos de otros, ob­servando la faena desde el burladero, apostados sin disimulo en esa querencia natural que es la barra del bar. Cuántas veces hemos visto como otros, más gallardos o más temerarios, han salido a hombros en plazas de segunda o de tercera. Muchos han recreado ese toreo de salón, con esa pose marcial, con el codo reposando sobre la tarima, dando el medio pecho al respetable, con apostura bizarra, cigarrillo encendido –eran otros tiempos-, apurando un vino, una caña, un botellín o un tercio, y en fin, con una conversación distendida y alegre, que forjaron a esos aspirantes a golfos simpáticos o mataharis de ocasión entre el bullicio del bar.

Bares hay muchos, pero sólo unos pocos merecen nues­tro favor y nuestro fervor. Por eso, cuando cierran nuestro bar, algo se nos muere en el alma.

 

José María González de Diego

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