DÍAS DE VINO Y TOROS

 

El saber sí ocupa lugar, por mucho que el dicho popular reniegue de esta sentencia. Y aunque no sea patrimonio exclusivo de los adultos, salvo flagrantes excepciones, la cultura y el conocimiento, o al menos ese sedimento erudito que nos otorga la experiencia, nos permite convertirnos en doctos ciudadanos una vez que iniciamos la segunda parte de nuestro partido vital. Ello conduce a una oportuna reflexión en este tránsito existencial en el que los años actúan como bruñidores de nuestra personalidad. De los veinte a los treinta, uno no sabe ni lo que quiere ni lo que no quiere. De los treinta a los cuarenta, se va tomando conciencia de lo que no se desea. Y es a partir de los cincuenta, cuando se llega a la convicción de lo que realmente se espera. Es obvio que es ésta una generalización accidental, aunque todos necesitamos un periodo de aprendizaje para forjar y fraguar nuestra identidad hasta llegar a ese punto de excelencia vital. El vino y la tauromaquia guardan una interesante analogía.

 

El final de la adolescencia lleva aparejado ese sentimiento tribal que nos conduce a descubrir ese mundo desconocido que se abre ante nuestros ojos. La juventud, ese océano de sensaciones inexploradas, nos convierte en protagonistas de una historia jalonada de tropiezos y oportunidades que marcarán nuestro devenir futuro. Es entonces cuando comenzamos a desplegar nuestras querencias compartiendo aficiones y aflicciones. Nos comportamos como esos toros bravucones que saltan al ruedo exhibiendo su poderío al respetable e invadiendo jactanciosos los terrenos del torero. Recorremos impetuosamente el albero de la vida embistiendo con gallardía, sin fijar aún la mirada en esos capotes con que intentan sosegar nuestra embestida. Así ocurre también con el vino en esos primeros años de aproximación al sagrado elixir, que acometemos sin humillar en un arranque de atrevimiento y osadía a veces de forma temeraria. Probamos, injerimos, a veces hasta bebemos, pero no degustamos sus esencias. Necesitamos aún recibir muchos capotazos para templar ese gusto aun núbil. Ya suenan los clarines y timbales de la juventud. Se impone el cambio de tercio.

En el tercio de varas, los picadores, como esos actores de reparto que se cruzan casualmente en nuestra vida cotidiana, irrumpen en el coso para ahormar nuestra fiereza, midiendo la bravura o comprobando la mansedumbre de nuestros actos. Este correctivo conlleva una selección definitiva para determinar nuestra casta y nuestra personalidad. Cuando nos crecemos ante el castigo, demostramos hechuras y raza. Si por el contrario lo rehuimos, estamos evitando la pendencia o excusando la confrontación. Algo parecido acontece con la afición al vino. Si pasados los sinsabores de esas primeras catas que diezman nuestros sentidos y nublan nuestras conciencias nos enfrentamos a ese nuevo mundo de sensaciones con inquietud y curiosidad, habremos madurado ese poso de experiencia imprescindible para una crianza futura. En cambio, si la aflicción inicial no supera la afición posterior, difícilmente habrá reconciliación. Entramos en la treintena, y se torna pertinente el cambio de tercio.

El tercio de banderillas tiene su sentido en la lidia, ya que está orientado a recuperar y recrear la embestida del toro una vez sometido en varas. Pasada esa primera juventud, uno ya ha consolidado un bagaje y una rutina que le permite rechazar lo que le incomoda y desechar lo que le desagrada. En la búsqueda de ese bienestar íntimo, nos deleitamos en la aventura con juicio razonable. Acometemos los problemas sin perder la perspectiva de lo que ha de llegar. Entonces llegan esos vinos que nos producen intensas emociones. Sabores que nos distraen, que nos van etiquetando. Resolvemos los conflictos sin complejos a pesar de recibir rejones de castigo. Son las añadas que se comparten en camaradería, las que se placen en furtivo galanteo o las que se gozan en cómplice compañía. Banderillas que nos espolean, nos provocan, nos invitan a seguir soñando.

El pañuelo blanco anuncia el último tercio de esta lidia terrenal. En estos tiempos de vino y toros, llegamos a nuestra plenitud no exenta de desconfianzas sobrevenidas y querencias adquiridas. Se sabe lo que se quiere y lo que no se quiere. Y eso nos hace más sabios, pero también más selectivos. Degustamos esos Reservas que se saborean sólo con los amigos del alma pero que también admite su disfrute en soledad. Un arte que conlleva pellizco y duende, donde cada muletazo atesora un retazo de vitalidad, experiencia y sabiduría. Ese toreo donde se aparecen los sueños de gloria, pero también los presagios de tragedia. Esa faena ligada, profunda, emotiva… Si los hombres son como los vinos, que con la edad agria los malos y mejora los buenos, esos mismos hombres, como los toros bravos, deben también señorear su mando en plaza desde el centro del ruedo, con la boca cerrada y los ojos bien abiertos.

José María González de Diego

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