EL “SANTO” APERITIVO

Resulta curioso comprobar como un ritual tan profano como es el aperitivo, revela una seña identitaria tan sagrada en nuestra cultura autóctona. Hacemos patria sin proponérnoslo, reivindicando esta forma de empatizar nuestros afectos y compartir nuestras querencias en todos y cada uno de los diversos terruños de nuestra geografía con idéntica pasión. La esencia de esta liturgia social imprime carácter y nos distingue de cualquier otro lugar allende nuestras fronteras. Cierto es, que en todos los rincones del orbe existen establecimientos donde se alternan ocio y bebida, a menudo por simple recreo, en ocasiones por mero compromiso y a veces en refugio de soledades compartidas. Pero en España esa plaza pública donde convergen camaradería y diversión es mucho más. No es un lugar de ocasión. Es el bar. Ese reducto mundano que, en función de su atrezzo, derivará en antro, garito, tasca, taberna o figón. Algo insólito para otras culturas o civilizaciones cuyo fragor les cautiva y su alboroto les aturde. Son esos santuarios laicos donde se come sin tiento, se bebe con fervor y se grita sin pudor. Vino, vermú, refrescos, cafés, combinados, licores… Pero entre ese amplio espectro de néctares y brebajes, la cerveza reina sin oposición. Barras alfombradas de viandas que recuerdan altares culinarios o tabernáculos gastronómicos, donde camareros curtidos ofician su ministerio con maestría torera. Y ahí la cerveza se consume y se consuma como el sacro elixir que expía nuestra devoción.

Existen múltiples maneras de reclamar a nuestros cómplices cofrades para lanzarnos a la procesión terrenal del santo aperitivo. Ir de potes, tomar unos tragos, chiquitear, ir de ronda… tiene sus reglas y sus tiempos. Por abrumadora mayoría, los feligreses prefieren regar sus humores y sus amores con el amargo lúpulo del jugo de cebada. Nos arrimamos a la barra del bar lenta, pausadamente. Sorteando pisadas ajenas para ganar la posición a otras hermandades que pujan y empujan con disimulo. Cual obedientes costaleros, arrastramos el palio de nuestro orgullo parapetando al nazareno mayor para que cante el pedido haciéndonos fuertes en algún rincón del paso. Es entonces cuando abrimos el grifo de nuestra bendita diversidad para beber o echar unas cervezas, unas birras, unos cortos, unos penaltis, unos zuritos, unas claras, unos botijos… ya que la medida es esencial. Unas pintas, unas copas, unos minis, unos cacharros… pueden malograr la solemnidad del evento transgrediendo la épica del momento. Una ceremonia que nos obligamos a compartir con los amigos, pero que también arbitra simpatías con los desconocidos. Comienza nuestro acto de fe, que no auto de fe, con un prólogo donde se alternan cañas y tapas, botellines y raciones, dobles y bocatas, tercios y pinchos…

Luego llega ese primer acto donde las risas, las bromas y los cotilleos de ocasión aderezan esos momentos de felicidad cotidiana. Las prisas nunca son bienvenidas. Una nueva ronda de cervezas da paso a la segunda escena, donde las confidencias y las confesiones se alternan con los efluvios ambientales. Siguiendo las tradiciones ancestrales continuamos la procesión por los diferentes bares del lugar. Una romería que a veces se convierte en un verdadero via crucis para los no iniciados. La penúltima ronda condiciona ya el tercer y último acto del aperitivo como tal, donde el peregrino ha de tomar una decisión fundamental. Retirarse con dignidad o embarcarse en una tentadora y embriagadora travesía hacia lo desconocido. Pero eso entonces, ya es otra historia.

José María González de Diego

 

 

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