ENTREMESES VARIADOS. UNA COMIDA EN TRES ACTOS

PRÓLOGO

Se levanta el telón en el preciso instante en que empiezan a desfilar entre bastidores los primeros comensales refugiados al fragor del bullicio de la barra del bar. Un decorado provisto con toda clase de viandas y pitanzas que da paso al restaurante, ese teatro de la gastronomía donde interpretamos con naturalidad nuestros propios personajes. Bajo una atmósfera íntima y cercana, esa camaradería empapada en la euforia del aperitivo previo, suele desatar excesos, evidenciar carencias y delatar ardores. Pero, aunque el reparto se repita una y mil veces, nunca hay dos convites iguales. El desenlace del mismo siempre queda al albur de esa trama que improvisamos sin seguir un guion establecido. Es entonces cuando la función cobra vida propia. En ese escenario gastronómico, los camareros inician su cotidiana representación sorteando mesas y clientes a ritmo vertiginoso. La frenética actividad que desarrolla ese preámbulo tan solemne convierte a los actores principales de la obra en meros comparsas. El personal de hostelería interpreta con oficio su encomienda ambientando la escena como figurantes de postín. Con impecable reserva acomodan al gentío alrededor de los altares culinarios aún sin servir. Ese ritual, tan cotidiano como inexcusable, es el que acompaña a los protagonistas durante todo el ágape. A veces, interfiriendo en el enredo de forma inesperada. En ocasiones, convirtiéndose en actores principales de una trama ajena. Ya sentados, por fin, comienza la verdadera acción.

ACTO I

La bebida. Un camarero toma nota con esa mirada veterana que presiente la elección. Comprometida decisión que ponderará el devenir de la trama posterior. Alguien pide cerveza. Está en su derecho, pero romperá el hechizo si se toma más de una. Admisible en mesa excepcionalmente antes de servirse los entrantes. El agua, nunca estorba. Los refrescos… mal augurio cuando de adultos se trata. Al fin alguno reclama vino. Buena elección, pero veamos el proceder inmediato, que nos dictará si vamos a presenciar una comedia, un drama o una tragedia. O las tres cosas a la vez. Se escucha a lo lejos a un figurante con ínfulas de actor -¡Y una botella de gaseosa!-. Si hubiera justicia, ese comensal debería ser desalojado sin miramientos. Pero en toda función aparecen estos personajes anacrónicos capaces de llevarnos al llanto o a la risa floja. Ya llega el vino. Descorchan la botella delante del comensal –comme il faut-, al que se le otorga confianza mas no obediencia debida, aunque a veces hay quien se erige en experto sumiller demandando el derecho de gracia que nos casca un vino argentino o australiano… de dudosa reputación. Esa primera cata debiera condicionar toda la acción postrera. Pero suele dar igual. Ya le pueden servir vinagre o algún otro brebaje infecto, que el docto perito dará su bendición asintiendo con ademán pretencioso y gesto aprobatorio. El ambiente festivo que comportan estas liturgias profanas suelen regarse con generosas cosechas que proporcionan esos grados extra de decibelios alentando la declamación de monólogos provocadores, tertulias intempestivas o diálogos pendencieros. Esa incontinencia verbal producida por los efluvios del sagrado elixir excita a menudo hilarantes soliloquios anegados de balbuceos, farfulla y susurros que desdibuja la perfecta dicción de curtidos actores en ininteligibles parlamentos. Se masca la tragedia. Porque aunque el jurado popular compuesto por los amigos de francachelas le absuelva, la fiscalía de familia le condenará sin contemplaciones.

ACTO II

La comida. No se trata de experimentar nuevas sensaciones gastronómicas que anulen nuestras papilas o nublen nuestros sentidos. Se trata de disfrutar de una velada placentera comiendo bien y en buena compañía. Un encuentro donde el saber sí ocupa lugar. Yantar, ingerir, deglutir, engullir, manducar, almorzar, ayunar, devorar…, por exceso o por defecto, pueden malograr el convite. Por no hablar de esa nueva religión dietética que han puesto de moda influencers, youtubers y celebrities… y otras chicas del montón. No sólo te dan la chapa, sino que incluso pueden acusarte de un delito de maltrato animal por comerte un solomillo. Aún son minoría, permíteme que insista, pero no es extraño encontrarse ya entre nuestros círculos de amistades a algunos de estos popes de la vida ¿sana? que pueden arruinar una celebración con sus exigencias porculinarias. Sumos sacerdotes de la dieta vegetariana como los veganos, los frugívoros o los crudívoros… apóstoles del ayuno y del desayuno como los eubióticos, los lactocerelianos o los ovovegetarianos… o predicadores del evangelio del hambre como los macrobióticos o los pescetarianos. Todo tan estrambótico y prosaico, tan psicótico y quimérico, tan insípido y excéntrico… El caso es que esos primeros o entrantes en el que las ensaladas siguen reinando por eso del qué dirán, nos permiten comprobar cómo, salvo contadas excepciones, los tomates siguen sin saber a tomate, las lechugas van perdiendo su tonalidad verdosa, y las cebollas… heredarán la tierra. Los segundos, carne o pescado. Todo un clásico. Por lo general, los hombres se decantan por un buen chuletón, que excusa ante la parienta la ingestión de tres lingotazos de tinto y el posterior gintonic de la sobremesa. Las mujeres, con un gusto más refinado, suelen decantarse por el pescado, más liviano y digestivo y con menos calorías. Pero como todo en la vida, para gustos los sabores. Llegados los postres, las conversaciones se vuelven más íntimas y las retóricas más burdas. Si la velada se ha conducido por buenos derroteros, la sobremesa se alargará. Si por el contrario los efectos del alcohol han sucumbido a discusiones tabernarias, se bajará el telón de la función definitivamente.

ACTO III

La sobremesa. Llegan los cafés, los chupitos y los copazos. Los primeros reducen las tensiones y reconducen los ánimos. Los segundos emponzoñan los talantes y ofuscan los talentos. Y los terceros, como en los toros, o excitan la bravura del comensal o ahorman su casta torera. Un convite entre amigos casi siempre derivará en risas, buen humor y compadreo. Una celebración familiar, normalmente comportará una declaración de buenas intenciones y reproches consentidos en un ambiente cordial. Pero entre compañeros de trabajo, ya sean éstos, inocentes, sospechosos o presuntos, las probabilidades de que el ágape acabe en fiasco son altamente probables cuando abandonando el uniforme laboral, se destapan las verdaderas personalidades de cada personaje. En cualquier caso, el show siempre debe continuar. La sobremesa retrata a la perfección el carácter de esta obra en verso libre en el que quedan nominados todos los actores participantes. Y aunque nadie se libra de esas etiquetas casuales que nos encasillan por errores imprevisibles, borracheras inapropiadas, procederes inesperados o conductas inadecuadas, siempre volvemos a subir a este monumental escenario gastronómico para interpretar de nuevo nuestras propias recetas vitales. Y la función concluye con el pago de la dolorosa, instante sublime donde queda retratada la genuina naturaleza humana de cada cual. Desde el desprendido comensal que apoquina sin reserva ni reparo hasta el desahogado convidado que se acoquina en el tumulto para escurrir el bulto. Y cuando el último actor hace mutis por el foro, el telón se cierra definitivamente.

José María González de Diego

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