VINO Y FÚTBOL vs CERVEZA Y RUGBY (II) Continuación…

Volviendo a nuestro notario de la actualidad, su observación minuciosa constataría que, pasado el Rubicón de los cuarenta, hombres y mujeres tienden a relegar al banquillo su afición cervecera en beneficio del vino. Una evolución natural que no significa necesariamente una devoción incondicional. Aunque hay también un sector joven, una hinchada cada vez más ruidosa y atrevida, que empieza a cosechar sus propias añadas de manera más selectiva y exigente. En cualquier caso, el perfil del consumidor medio delata un poso de veteranía innegable. Esta pauta, no obstante, se quiebra cuando el envite se juega en torno a un mantel. Comidas, cenas, almuerzos, pinchos, celebraciones… donde el convite se riega obligatoriamente con caldos, independientemente de la condición de los comensales. Toda bebida ajena al vino, que ha de solicitarse de manera casi clandestina, tendrá siempre la consideración de lujo innecesario.

 

La esencia del rugby condensa una contradicción aparente. Requiere avanzar hacia campo contrario sorteando rivales pasando el balón de mano en mano, siempre hacia atrás. Una danza tribal que pudiera parecer contra natura y que sin embargo se convierte en una coreografía artística perfectamente coordinada. Como aquel que, pidiendo una ronda de cervezas, va esquivando clientes hasta llegar a la barra del bar. Y sin más terreno que ganar, va pasando las pintas a esos compañeros que escoltan su avance desde la retaguardia, dando el medio pecho al respetable, aunque sin perder nunca de vista su campo de acción. Luego llega la mêlée. Una conjunción de fuerza y vigor donde ambos equipos pugnan por un balón que yace huérfano en el suelo. Una lucha ruda pero noble en el que chocan hombros amigos en una gallarda batalla con el objetivo de ganar cancha al adversario. Los brindis con cerveza se asemejan a esas melés en el que las consumiciones se chocan con enérgica bizarría sin temor a resquebrajar ese círculo mágico de connivencia en torno a un terreno regado con el ímpetu de esa batalla fraternal. El momento cumbre llega cuando un jugador deposita con sus manos el balón tras la línea de gol del equipo contrario, ejecutando una épica atlética para lograr un ensayo redentor. De la misma forma que un cliente golpea su jarra contra el mostrador tras haber saciado el líquido elixir de un trago glorioso. El tanto conlleva un golpe de castigo o una última ronda, que no siempre se consuma con éxito.

 

El fútbol en cambio demanda otro ritmo diferente. Se sirve de otras maneras más sutiles. Profundidad, espacios libres, improvisación… un dominio del juego que lleve aparejado precisión, toque y sutileza. Y es en el gol, cuando toda esa elaboración previa concluye con éxito, donde se refleja la actitud del protagonista. La celebración del tanto evidencia ese componente vanidoso y engreído que curiosamente genera una empatía colectiva. Lo mismo que ocurre con los vinos o los cavas, que precisan olfato y finura para sorprender. Y es curiosamente, en ese instante previo a su cata, cuando se escenifica esa parafernalia ritual, donde se perciben esos paralelismos balompédicos. El vino es también individualista, aunque necesita de una compañía cómplice para su prestigio. Los vinos se piden tras una reflexión obligada. Permite la sugerencia de otros y se particulariza para cada consumidor. El brindis, a su vez, exige templanza, armonía y contención. Admite discursos previos, miradas furtivas, gestos de complicidad, invitaciones tácitas e incluso proposiciones indiscretas. Pero no invita a celebraciones impulsivas ni compulsivas, porque rompe ese vínculo intimista. El rugby, como la cerveza, es un ejercicio que requiere contacto, aproximación y cierta conexión tribal. El vino, como el fútbol, demanda en cambio tacto, discreción y cierta reserva.

 

Como nada es permanente, y más en estos tiempos en que todo cambia de forma vertiginosa, deberíamos preguntarnos, tal como entonces lo hicieron aquellos viejos aficionados, si hoy día es la cerveza un néctar divino consumido por la canalla o es el vino una pócima terrenal reservada a gustos refinados. Tal vez la evolución nos haya llevado afútbol mutar nuestros gustos y a mudar nuestras costumbres. Quién sabe si la revolución tecnológica nos llevará a olvidar las esencias de antaño y los que antes se hacían llamar artesanos en el futuro serán meros alquimistas. O quizás haya que regresar a los clásicos, y recordar las palabras del gran Humphrey Bogart: “El mundo entero tiene más o menos tres vasos de vino de retraso.” Y además, una ronda de cervezas pendiente.

 

José María González de Diego

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